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Un lugar que muchos recuerdan como La Jungla, un lugar de caos y orden, de orden en el caos, y un lugar tan discordante con el territorio en el que estaba situado que no pudo sino morir. O al menos eso quisieron contarnos, haciéndonos creer que esta pequeña ciudad francesa estaba ya libre de aquella congestión de personas exiliadas con la que tuvo que lidiar meses atrás.

Se desmanteló un campamento donde llegaron a convivir hasta 6000 personas, se les obligó a subir a autobuses que les llevarían lejos de la frontera. Los centros de acogida y orientación se colapsaron hasta el punto de realizar las entrevistas personales en zonas comunes, donde la intimidad era nula y el respeto a los numerosos traumas y sufrimiento carecía de sentido. Nada funcionó, y muchas personas volvieron.

 
Son ya cerca de mil personas las que malviven en la “nueva Jungla”, familias que confiaron en el sistema, se montaron en esos autobuses dirección cualquiersitiomenosCalais y ahora se la vuelven a jugar escapando de los CAO y viajando hasta aquí.

Hoy en día siguen perseguidos por las fuerzas de seguridad, como si fueran en sí mismos una amenaza. Como si la búsqueda de la libertad y los derechos estuviese penalizado por la ley. Al menos, para ellos y ellas, lo está.

Sobreviven como pueden y gracias a la escasa ayuda humanitaria que les proporciona ropa y alimentos, sobreviven en un país que les rechaza y en una ciudad que les ataca. Duermen escondidas en bosques, al raso, alerta de que la policía llegue y les gasee como si fuesen una plaga. No tienen un techo donde sentirse seguras, ni una simple ducha, no tienen nada. Viven exhaustas y habituadas, tristemente, a la violencia policial y a las cacerías fascistas. Sufren continuamente, psicológica y físicamente. Mueren. Pero una vida sin papeles vale menos que una vida europea.

Se concentran en este lugar por ser la vía de paso más rápida a Inglaterra, donde pueden conseguir un trabajo en negro hasta recibir el asilo. Cada día intentan colarse en algún camión, con los peligros que esto supone, pero ya nada les asusta. 


Se cerraron las fronteras y aquí quedaron miles de personas abandonadas a su suerte, sin recursos, que se vieron obligados a buscar sus propios medios de supervivencia. Apareció la delincuencia, la criminalidad, las drogas, el tráfico de niños y mujeres, la prostitución,… mientras el estado francés se llenaba la boca hablando mal de la inmigración y aprovechándose de esta situación oportunista para ganar votos.

El negocio de la seguridad aumenta en cada frontera, vulnerando los derechos humanos pero llenándose los bolsillos. Hipocresía.

Seguiremos informando.

Comparte y difunde.

#Refugelessproject

 

 

 

 

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